

Autor:
Ing. Andrey Gamboa Morán
CFIA II-30880 · AGM Agile Solutions
Pocos asuntos inquietan tanto al gremio como si la inteligencia artificial volverá prescindible al ingeniero o al arquitecto. Conviene responderlo con una distinción que suele perderse en el ruido: la IA no reemplaza profesiones, redistribuye tareas. La magnitud es real —la Organización Internacional del Trabajo calcula que uno de cada cuatro empleos en el mundo está expuesto a algún grado de automatización por IA (OIT, 2025)—, y la ingeniería y la arquitectura están entre los más alcanzados: en Estados Unidos, cerca del 37 % de su empleo (Briggs y Kodnani, 2023). Pero leer esa cifra como sentencia sería un error. El mismo análisis precisa que la IA sustituiría apenas el 7 % del empleo, complementaría al 63 % y dejaría intacto al 30 %. El matiz es decisivo: la mayoría del trabajo profesional no se elimina, se reconfigura.
Reconfiguración, no reemplazo
Esa reconfiguración ya es observable, y no en las proyecciones, sino en el mercado. El Barómetro Global de Empleo de PwC halló que el empleo sigue creciendo incluso en las ocupaciones más expuestas a la IA, y que quienes dominan estas herramientas reciben un sobresueldo del 56 % frente a quienes no (PwC, 2025). El profesional que la incorpora a su flujo de trabajo no compite con ella: rinde más. La herramienta redacta el primer borrador de una memoria, estima un presupuesto o depura datos; el criterio técnico, la responsabilidad profesional y la firma siguen siendo humanos.
De ahí se desprende lo único que pesa sobre la empleabilidad: el riesgo no proviene de la máquina, sino de la obsolescencia de las propias competencias.
Las competencias que no se deprecian
Las competencias se desplazan con rapidez. El Foro Económico Mundial proyecta que el 39 % de las habilidades requeridas cambiará hacia 2030 (World Economic Forum, 2025). Para el ingeniero y el arquitecto, esto no implica aprender a programar, sino dominar el uso profesional de la IA sobre sus propias tareas: formular un problema con precisión para obtener una solución útil, validar con criterio lo que la herramienta produce —porque la responsabilidad de un error nunca es delegable— y rediseñar los procesos donde antes se invertían horas. Como esas tareas son transversales —redacción técnica, estimación de costos, control de calidad—, atraviesan todas las ramas, del modelado en construcción al mantenimiento predictivo en la industria. La competencia diferenciadora no es, entonces, una herramienta concreta, cuyo nombre caducará pronto, sino el juicio para decidir qué delegar y qué conservar.
Este no es un debate ajeno al país. Costa Rica no observa la ola desde la orilla: desde el 2024 cuenta con una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial (ENIA 2024-2027), la primera de Centroamérica (MICITT, 2024), y su desempeño regional respalda esa ambición. El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial la ubica quinta entre diecinueve países y, más relevante para el profesional, es el país con la mayor penetración de competencias de IA entre sus profesionales de la región (CENIA y CEPAL, 2025).
Ahí reside la buena noticia para la persona agremiada: formarse nunca costó tan poco. Las propias herramientas de IA se han vuelto un aula abierta, y Costa Rica es ya el segundo país de la región con mayor demanda de cursos de IA (CENIA & CEPAL, 2025). Actualizarse está al alcance de cualquiera dispuesto a hacerlo. La pregunta ya no es si la IA transformará el ejercicio profesional —porque ya lo hace—, sino con cuáles competencias decide cada uno encontrarla. La respuesta está, hoy más que nunca, en sus manos.
Referencias:
